La Guerra de las 100 Horas

Publicado originalmente en Inglés en la revista Britanica “Air Enthusiast” de Julio / Agosto de 2005.

La mal llamada Guerra del Fútbol ocurrida entre Honduras y El Salvador en Julio de 1969, tiene orígenes complicados  que van más allá de una simple pasión deportiva desbordada. El término, acuñado por los medios de prensa, surgió de la idea errónea de que ambas naciones habían cruzado espadas luego de que sus respectivas selecciones nacionales se enfrentaran en una serie de partidos de fútbol. Sin embargo, no hay nada más alejado de la verdad. Así mismo se ha mencionado  que la invasión salvadoreña a Honduras era el resultado de una insoportable explosión demográfica que ahogaba al más pequeño de los países de Centroamérica. Ambas falsedades, repetidas hasta el agotamiento por diversas fuentes históricas, sólo han servido para denigrar a los habitantes de los dos países involucrados en éstos hechos de armas, que lejos de ser movidos por pasiones mundanas, un supuesto carácter sanguíneo ó por un insensato amor a la guerra, terminaron enfrentados por causas serias y de trasfondo netamente económico.

Para poder entender los orígenes de éste conflicto, es necesario regresar a principios del siglo XX, cuando las empresas norteamericanas United Fruit Company y su rival, la Standard Fruit Company, operaban en la región, particularmente en Honduras. Ambas transnacionales se dedicaban a la siembra y cultivo de banano, utilizando para el efecto las grandes extensiones de tierra fértil con que contaba Honduras. Con el transcurrir del tiempo, se hizo necesario requerir mano de obra extranjera, ya que los hondureños involucrados en esas actividades resultaban insuficientes. Para el efecto, se contrataron los servicios de campesinos salvadoreños que vivían en las áreas fronterizas, las cuales por cierto, estaban mal definidas y eran el objeto de un sinfín de reclamaciones territoriales por parte de ambos países.

Al percatarse de las oportunidades de trabajo en Honduras, la inmigración de campesinos salvadoreños se incrementó y continuó incrementándose en los siguientes años. Ya para el final de la década de los 60 eran casi 300,000 salvadoreños los que habitaban en tierras fronterizas hondureñas.  Por su parte, el gobierno de aquél país veía con beneplácito la presencia de dichos campesinos,  y en general toleraba la situación legal de los mismos,  y que no les exigía obtener la nacionalidad hondureña.

Por aparte, a principios de la década de los 60, las naciones Centroamericanas buscaban la liberalización del comercio en la región, en el marco de un Mercado Común Centroamericano o “Mercomun”, el cual quedaría establecido precisamente en 1960. Sin embargo, poco después de su creación, se hizo notorio que el país más favorecido sería El Salvador, ya que sus exportaciones aumentarían seis veces, mientras que las de Honduras –el país más afectado- sólo crecerían un 50%, relegándola a la calidad de una nación satélite. Este hecho provocó que cierto resentimiento surgiera en los sectores económicos hondureños, dando lugar a que se denunciaran los convenios comerciales firmados entre ambos países, pues se sentía que sus contrapartes salvadoreños se estaban enriqueciendo a sus costillas.  Para empeorar las cosas, los cambios políticos en Honduras terminarían por enfriar considerablemente las relaciones con El Salvador, lo que afectaría en el trato de los hondureños hacia los campesinos salvadoreños asentados en el país, el cual se hizo cada vez más hostil.

Mapa que detalla el área general de operaciones durante el conflicto

Mapa que detalla el área general de operaciones durante el conflicto, los movimientos realizados por el Ejército de El Salvador durante la guerra y las ubicaciones en donde el mayor Fernando Soto derribó los cazas salvadoreños.

Con el transcurrir del tiempo, los terratenientes hondureños, quienes influenciaban en gran medida la escena política de su país, también empezaron a sentirse afectados por la presencia de los campesinos salvadoreños, aduciendo que esa situación únicamente beneficiaba al vecino país. Pronto también ellos empezarían a presionar al gobierno para que expulsara a los campesinos salvadoreños que no quisieran obtener la nacionalidad hondureña. Resultado directo de aquello serían varios desalojos violentos de algunas familias salvadoreñas en áreas fronterizas, acompañadas de la negación de servicios de salud y educación para aquellos que se habían quedado.

En medio de esporádicos brotes de violencia contra los campesinos inmigrantes, los dos gobiernos iniciaron negociaciones tendientes a solucionar el problema, llegando a firmar tres acuerdos migratorios, el primero de ellos en 1962, seguido por otro más en 1965 y el último en 1968.  Sin embargo, mientras los gobiernos negociaban, surgieron grupos armados clandestinos en Honduras que se dedicaron a hostigar y amedrentar a la población salvadoreña asentada en aquel país. Esta situación se vio empeorada por un golpe de estado que colocaría en la silla presidencial al general hondureño Oswaldo López Arellano, quien tenía una visión muy distinta a la de su antecesor con respecto a la situación de los inmigrantes.

El número de expulsiones de familias salvadoreñas fue en aumento, al igual que la intensidad de la violencia con que tales desalojos se realizaban.  Sin embargo, la gota que derramaría el vaso cayó en Junio de 1969, cuando el gobierno hondureño instituyó una reforma agraria, en la cual no son tomados en cuenta a los inmigrantes salvadoreños, y para empeorar las cosas, los  desaloja de las tierras que ocupaban para entregárselas a campesinos hondureños. Las actividades de los grupos armados, ahora apoyados tácitamente por el gobierno, se incrementaron, y poco después se realizaba la primera expulsión oficial a gran escala de salvadoreños, durante la cual, más de cien familias son desalojadas violentamente.

El súbito retorno de los campesinos inmigrantes a El Salvador provocó problemas para el gobierno de ese país, ya que todos ellos regresaban en calidad de desempleados a quienes había que alimentar, vestir y darles algún tipo de morada, todo ello en medio de una severa crisis económica que ni siquiera las ventajas obtenidas a través del Mercomun habían podido aliviar. Casi simultáneamente, ocurrieron incidentes fronterizos que involucraron a tropas salvadoreñas que ingresaron repetidas veces a territorio hondureño sin objetivo aparente más que provocar enfrentamientos diplomáticos al ser capturadas por las autoridades fronterizas de Honduras. Así mismo, y en respuesta a los reclamos hondureños, las autoridades salvadoreñas ejecutan la captura de un familiar del presidente hondureño en El Salvador, encarcelándolo. La tensión se incrementaba por momentos, pero la gestión del ex presidente de los Estados Unidos Lyndon B. Johnson –de visita en Honduras por esas fechas- finalmente lograría que las tropas salvadoreñas fueran liberadas a cambio de poner en libertad al pariente del presidente hondureño.

Con ese delicado trasfondo político se iniciaron las eliminatorias para la Copa Jules Rimet de fútbol a celebrarse en México el año siguiente (1970), y durante las cuales los equipos de El Salvador y Honduras debían enfrentarse para obtener la clasificación. El primer encuentro se efectuaría en Tegucigalpa, la capital de Honduras, el cual sería ganado por el equipo local. Sin embargo, a pesar de que la victoria había favorecido a Honduras, se registran encontronazos entre los aficionados de uno y otro país, provocando heridos.

El segundo encuentro se verifica en San Salvador, capital de El Salvador, el cual es ganado por el equipo salvadoreño. Sin embargo, en las horas previas al encuentro, los aficionados locales hicieron lo posible por molestar a los seleccionados hondureños, haciendo gala de una conducta claramente hostil. Durante el encuentro, los aficionados hondureños también fueron víctimas de agresiones que terminarían en fuertes trifulcas en las calles.  Mientras esto sucedía, en Honduras también ocurrían problemas, ya que algunas casas y negocios de salvadoreños eran incendiados, mientras que sus propietarios eran objeto de vejámenes por parte de la turba.

Luego de aquél partido, la violencia contra los inmigrantes salvadoreños en Honduras fue en aumento, provocando fuertes protestas por parte del gobierno salvadoreño. Finalmente, el 27 de Junio de 1969, se rompen las relaciones diplomáticas entre los dos países, al tiempo que siguen llegando a El Salvador grandes cantidades de inmigrantes expulsados. Historias de terror contadas por los que retornaban empezaron a circular entre la población salvadoreña, enardeciendo el sentimiento patrio y provocando un amplio rechazo hacia los hondureños.

Para empeorar la situación, al día siguiente del rompimiento de las relaciones diplomáticas, los equipos de ambos países debían enfrentarse nuevamente en un partido que sería el definitivo para la clasificación, el cual tendría lugar en la ciudad de México. Poco después de que terminara dicho encuentro, que ganó la selección de El Salvador, la turba de nuevo hacía de las suyas en Honduras, atacando casas y negocios de salvadoreños, dejando como saldo varios heridos y considerables pérdidas materiales.

En los siguientes días, el gobierno de Honduras iniciaría una campaña de desarme de la población civil, la cual rápidamente degeneró en acciones contra los salvadoreños que aún habitaban las zonas fronterizas. Esta acción provocaría que el gobierno salvadoreño buscara la intervención de la Organización de Estados Americanos -OEA- como mediadora en la búsqueda de una solución al conflicto, sin embargo los intentos serían infructuosos.  Poco después, se iniciaba la movilización de tropas de ambos países hacia la frontera común, principalmente a lo largo del río Goascorán, en un área colindante con el Golfo de Fonseca.

Los incidentes fronterizos no se hicieron esperar, siendo quizás el más grave de todos el ocurrido el 3 de Julio, cuando un DC-3 de la empresa Servicio Aéreo de Honduras S.A. -SAHSA- es atacado por fuego antiaéreo salvadoreño, mientras ganaba altura luego de despegar del aeródromo de Nueva Ocotepeque, a ocho kilómetros de la frontera con El Salvador. Luego de escapar del área, los pilotos del DC-3 reportaron el incidente a la Fuerza Aérea Hondureña -FAH- la cual envía dos North American T-28A desde la Base Aérea “Coronel Hernán Acosta Mejía”, ubicada en Tegucigalpa, con el objetivo de determinar el origen del ataque. Al llegar al área, los aviones son recibidos con fuego antiaéreo también, pero no devuelven el ataque ya que se les había ordenado no hacerlo. Los pilotos hondureños sólo se limitan a marcar la ubicación en sus mapas para luego regresar a Toncontín.

Soldados Salvadoreños patrullando el área fronteriza con Honduras

Soldados Salvadoreños patrullando el área fronteriza con Honduras.

Antes de finalizar el día, los T-28 de la FAH son despachados nuevamente, ya que se detecta la presencia de un avión no identificado sobrevolando las poblaciones de Gualcince y Candelaria, muy cerca de la frontera con El Salvador. El avión, un Piper PA-28 Cherokee identificado con la matricula Salvadoreña YS-234P, es interceptado y se le ordena aterrizar en el aeródromo más cercano. Sin embargo el piloto de aquella misteriosa aeronave se rehúsa a acatar las órdenes de los pilotos hondureños y escapa hacia El Salvador a toda potencia. Los pilotos de los T-28, coronel José Serra y subteniente Roberto Mendoza, luego de verificar que el intruso se había internado en territorio salvadoreño, regresan a su base en Tegucigalpa.

Tal y como el lector podrá inferir, la presencia del Cherokee en Honduras era parte de la avanzada salvadoreña para recabar información cartográfica y de inteligencia, previendo que se tuviera que entrar en combate con dicha nación. Para el efecto, los salvadoreños estaban utilizando un Cessna 310 del Instituto de Cartografía Nacional y varios aviones civiles, entre ellos el Cherokee ya mencionado, los cuales estaban volando misiones de reconocimiento fotográfico desde finales de Junio de 1969, sobre distintas áreas de Honduras pero con mayor insistencia sobre Tegucigalpa, San Pedro Sula -la segunda ciudad en importancia de Honduras- y las áreas fronterizas cercanas al Golfo de Fonseca.

Durante los siguientes días la guerra de nervios fue en aumento, potenciada por mutuas acusaciones de ataques a puestos fronterizos y violaciones de los espacios aéreos de ambas naciones. Finalmente, el 12 de Julio, la FAH entra en estado de alerta, formando en el proceso dos comandos de operaciones. Esta maniobra respondía a la necesidad de realizar una dispersión táctica, en la cual el grueso de aeronaves de la FAH permanecería en la Base Aérea “Coronel Hernán Acosta Mejía”, en Tegucigalpa, mientras que un grupo de aviones sería trasladado hacia el aeropuerto de La Mesa, en San Pedro Sula, donde se conformaría el Comando Norte.

Por su parte, la Fuerza Aérea Salvadoreña -FAS- también inicia maniobras de orden táctico, empezando a preparar las pistas ubicadas en las poblaciones de isla Madresal, San Miguel, Santa Ana, San Andrés y Usulután, hacia donde serían dispersados sus aviones en caso de llegar a un enfrentamiento armado. Así mismo, se convocó a todos los pilotos civiles salvadoreños para que se integraran a la FAS en calidad de voluntarios, ya que el número de pilotos militares era bastante escaso en aquellos días.

Con todas estas acciones de las fuerzas aéreas de los dos países, y otras tantas llevadas a cabo por sus respectivos ejércitos, que incluyeron movilizaciones de tropas a los puntos fronterizos cercanos al Golfo de Fonseca y la región Norte de El Salvador, se preparaba finalmente el escenario para lo que sería un enfrentamiento corto pero intenso.

La Situación Militar en los Dos Países

Denominado Plan de Campaña Capitán General Gerardo Barrios, el plan de invasión a Honduras venía siendo desarrollado desde 1967 por el estado mayor del ejército salvadoreño, y contemplaba la utilización de cuatro Batallones de Infantería y uno de Artillería, distribuidos en cuatro frentes o Teatros de Operaciones, siendo éstos el Teatro de Operaciones Norte -TON- el de Chalatenango -TOCH- el Occidental -TOOC- y el Oriental -TOO-. Así mismo, el plan ordenaba la implementación de la llamada Fuerza Expedicionaria, formada por nueve compañías de la Guardia Nacional, que actuaban bajo las órdenes del Teatro de Operaciones Norte. En aquellos días, las tropas Salvadoreñas estaban equipadas con fusiles G-3 y ametralladoras HK-21, y eran apoyadas por piezas de artillería de 105mm, dos tanques M3A1 Stuart y varios vehículos que habían sido blindados localmente, a los cuales los integrantes del Escuadrón de Caballería Motorizada llamaban las niñas.

Corsario Salvadoreño

La Fuerza Aérea Salvadoreña llegó a los extremos con el fin de tener la mayor cantidad de cazas disponibles, algunas veces reconstruyendo “reinas de hangar” que habían permanecido abandonadas por años, tal y como se ve en la foto, donde el avión tiene partes de al menos otras cuatro aeronaves. Crédito: Archie Baldocchi vía Dan Hagedorn

Contrario a lo que han repetido diversas fuentes, el plan salvadoreño no pretendía una invasión total a Honduras, ni tomar Tegucigalpa en 72 horas para luego establecer un gobierno marioneta. El Salvador simplemente no tenía la capacidad para lanzar una campaña semejante. Por el contrario, lo que se pretendía era ejercer un movimiento distribuido en múltiples frentes, que permitiera ocupar territorio hondureño y capturar las principales poblaciones fronterizas para luego pedir la intervención de la OEA y forzar una solución negociada. Sin embargo, el plan no descartaba algunos avances de oportunidad más allá de esas poblaciones, siempre que el abastecimiento de las tropas estuviera asegurado. De esa cuenta, las acciones principales de la campaña terrestre del ejército salvadoreño se desarrollarían en tres frentes de forma casi simultánea, siendo éstos los Teatros de Operaciones Norte, el de Chalatenango y el de Oriente.

Cavalier Mustang Salvadoreño

El FAS-401 (ex 45-11559), un Cavalier F-51 Mustang II, fue uno de seis adquiridos por la Fuerza Aérea Salvadoreña a finales de 1968. Inicialmente los Mustangs eran volados con los tanques alares instalados, pero conforme avanzó la guerra, dichos tanques fueron removidos para aumentar la velocidad y maniobrabilidad de los aviones. Crédito: Dan Hagedorn

En lo que respecta a la FAS, poco antes del inicio de la guerra estaba equipada con un Cavalier TF-51 Mustang Mk.II, cuatro Cavalier F-51 Mustang Mk.II, un North American F-51D Mustang, seis Good Year FG-1D Corsair (variante del Chance Vought F4U-4), un North American SNJ-5 Texan, un Canadair DC-4M North Star, cinco Cessna U-17A, seis Cessna T-41 y cuatro transportes Douglas C-47 Skytrain, todos conformando el llamado Grupo de Combate, que a su vez estaba organizado en tres escuadrones: El de Caza-Bombardeo (F-51 / FG-1D), el de Transporte (C-47 / Aviones Civiles) y el de Reconocimiento (SNJ-5 / U-17A / T-41 / Aviones Civiles). Durante el conflicto, la FAS adquiriría más aviones, especialmente Mustangs, pero al momento del inicio de las hostilidades éste era su orden de batalla. Así mismo, contaba con un Escuadrón Aerotransportado conformado por un batallón de paracaidistas, un grupo de mantenimiento, uno de comunicaciones y uno más de seguridad y servicios de base, totalizando mil hombres, de los cuales, increíblemente, solo 34 eran pilotos.

C-47 Salvadoreño

Este C-47 de la Fuerza Aérea Salvadoreña, con el serial FAS-101, fue usado como bombardero improvisado durante el conflicto. Como era de esperarse, su puntería era terrible y las bombas cayeron en cualquier parte, menos en donde debían. Crédito: Hal Ahrens vía Dan Hagedorn

En relación a Honduras, desde 1935 el alto mando militar de dicho país había basado sus métodos de defensa nacional en el poderío aéreo. De esa cuenta su ejército se mantenía con el personal mínimo necesario para su funcionamiento. Sin embargo, al vislumbrarse un posible enfrentamiento con El Salvador el número de efectivos empezó a ser incrementado con milicianos civiles, quienes fueron integrados con fines operacionales principalmente defensivos.

Poco antes del inicio de las hostilidades, el ejército hondureño estaba conformado por tres batallones de infantería, seis batallones de zona, un batallón de ingenieros y dos baterías de obuses de 75mm. Sus hombres estaban equipados con fusiles Garand y Mauser y no contaban con apoyo de tanques o algún otro tipo de vehículos blindados.

En lo que se refiere a los planes de defensa, el ejército hondureño establecería dos frentes o teatros de operaciones, siendo éstos el Teatro de Operaciones Sur –TOS- que coincidía con el Teatro Oriental del ejército salvadoreño en la población de El Amatillo, y el Teatro de Operaciones Sur-Occidental –TOSO- que hacía frente al Teatro Norte salvadoreño en la ciudad de Nueva Ocotepeque.

Corsarios Hondureños

Una pareja de Vought F4U-5N de la Fuerza Aérea Hondureña durante un vuelo de patrulla. Crédito: Cnel. José Navarro vía Museo del Aire de Honduras

En contraste con su contraparte, la FAH estaba relativamente mejor conformada y equipada que la FAS. Su orden de batalla a mediados de Julio de 1969 listaba seis Vought F4U-5N Corsair, cinco Vought F4U-4 Corsair, cinco transportes Douglas C-47 Skytrain, un transporte cuatrimotor Douglas C-54 Skymaster, un Beechcraft C-45 Expeditor, tres Cessna 185B, cinco entrenadores artillados North American T-28A Trojan y seis entrenadores North American AT-6 Texan también artillados. Con respecto a su personal, la FAH estaba integrada por más de 20 pilotos y aproximadamente 750 especialistas que conformaban las secciones de mantenimiento, armamento, seguridad y servicios de base. También contaba con un batallón aerotransportado integrado por paracaidistas.

T-28A Hondureño

Uno de los North American T-28A hondureños, preparándose para despegar en una misión de entrenamiento. Nótese el North American AT-6 artillado en el fondo. La imagen fue tomada en el aeropuerto de Toncontín, en Tegucigalpa, poco después de que había terminado la guerra. Crédito: Colección de la Fuerza Aérea Hondureña vía Museo del Aire de Honduras

Inicio de las Hostilidades – 14 de Julio

Increíblemente, casi todas las operaciones militares de éste conflicto, denominado Guerra de las Cien Horas en Honduras o Guerra del 69 en El Salvador, están envueltas en la polémica. Pero como quiera que se le llame, éste infortunado cruce de espadas aún genera largas y encarnizadas discusiones, casi todas ellas sobre si realmente se produjo tal o cual bombardeo, o ésta o aquella misión. Para empeorar más las cosas, los historiadores que pretenden estudiar el conflicto no pueden contar con la tradicional fuente de información en estos casos, o sea la prensa local, pues tanto en Honduras como en El Salvador, los periódicos y radiodifusoras estaban fungiendo como medios de propaganda haciendo gala de un nacionalismo exacerbado.

Para fines de éste estudio nos basaremos en los escasos partes militares de ambos ejércitos y en documentos del departamento de estado de los Estados Unidos, para tratar de esclarecer lo que realmente sucedió, tratando de ahondar un poco en las inconsistencias de manera que podamos dilucidar los hechos. También echaremos mano de los datos vertidos en largas discusiones sostenidas en el Foro del sitio web de la ahora extinta Sociedad Histórica de la Aviación Latinoamericana en las cuales participaron historiadores de las fuerzas aéreas de Honduras y El Salvador. Finalmente, también tomaremos información de varios libros que se publicaron al respecto, de donde trataremos de dejar fuera el patriotismo, la diatriba épica y los sentimientos nacionalistas, los cuales definitivamente nos hacen perder la perspectiva de los hechos. Con esa aclaración hecha, procederemos a analizar el primer día de la guerra.

El alto mando salvadoreño fijó el Día D de la campaña contra Honduras para el 14 de Julio de 1969. La acción inicial a ejecutarse estaría a cargo de la FAS y sería un bombardeo al aeropuerto de Toncontín, en Tegucigalpa, sede de la Base Aérea “Coronel Hernán Acosta Mejía.” Simultáneamente se lanzarían bombardeos sobre las poblaciones de Catacamas, San Pedro Sula, Valladolid, Nueva Ocotepeque, San Marcos Ocotepeque, Santa Rosa de Copán, Nacaome, Amapala, Quipure, Yoro, Guarita, Jinigual, La Labor y La Virtud. En la operación estarían involucrados todos los aviones de la FAS y catorce aviones civiles, los cuales también serían utilizados como bombarderos, pues se les había equipado con dispositivos -construidos por mecánicos de la FAS- que permitían lanzar morteros de 60 y 81mm.

A falta de bombarderos, se instalarían rieles de carga en el piso de los transportes C-47 de la FAS con el fin de facilitar el lanzamiento de bombas por la puerta de carga, convirtiendo dichos aviones en bombarderos improvisados. Tal práctica se convertiría en algo común en ambas fuerzas aéreas durante la guerra, ya que como veremos más adelante, la FAH también utilizaría éste singular método.

C-47 Salvadoreños

Vista de la flota entera de C-47 de la Fuerza Aérea Salvadoreña en Julio de 1969. Como se ha mencionado, además de ser usados como transportes, estos viejos pájaros vieron acción como bombarderos improvisados. Crédito: Museo de la Fuerza Aérea Salvadoreña

Los aviones salvadoreños empezaron a salir del aeropuerto internacional de Ilopango, ubicado en las afueras de la ciudad de San Salvador y el cual era la sede de la principal base aérea de la FAS, antes de las 17:00 horas, de manera que pudieran atacar aún con suficiente luz, y escapar protegidos por la obscuridad luego de haber efectuado su misión. La Hora H estaba fijada para las 18:10, momento en que los primeros aviones deberían estar sobrevolando los blancos que se les habían asignado.

El transporte C-47 FAS-104, tripulado por los mayores Jorge Domínguez y Fidel Fernández, apoyados por los sargentos Miguel Tónchez y Miguel Jiménez, llegó a Toncontín con nueve minutos de retraso, y sin mayores preámbulos, empezó a lanzar su carga explosiva sobre el aeropuerto. Las bombas de 100 libras eran deslizadas, una por una, sobre los rieles fijados al piso hasta la puerta de carga, en donde uno de los sargentos las empujaba hacia el vacío.

Se escuchan las primeras explosiones, al tiempo que las luces de Tegucigalpa se extinguen de inmediato. Hay fuego antiaéreo tratando de derribar al C-47 que vuela a 8 mil pies, pero éste logra evadirlo en la obscuridad. Los escoltas del FAS-104, dos Cavalier Mustang armados con bombas, despegan de Ilopango minutos después de que el C-47 lo hiciera, sin embargo y por razones que se desconocen, no llegan hasta Toncontín, prefiriendo arrojar sus bombas en las aldeas de Jalteva, El Suyatal, y Guaimaca. Igual sucede con otro C-47 que, habiendo sido enviado a Toncontín, bombardea Catacamas.

Cavalier Mustang Salvadoreño

Cavalier Mustang Salvadoreño “FAS-405″ fotografiado durante una misión de combate. Crédito: Archie Baldocchi vía Dan Hagedorn

En la base de La Mesa, en San Pedro Sula, la noticia del ataque a Tegucigalpa se esparce como pólvora. Los pilotos son alertados y poco después cuatro F4U y un T-28 de la FAH despegan en busca de aviones salvadoreños que pudieran estar aproximándose a la base.  Sin embargo, la búsqueda, que se extendió hasta las inmediaciones de la población de El Cañaveral, resulta infructuosa.  Por su parte, los cinco FG-1D salvadoreños que tenían la misión de atacar La Mesa, inexplicablemente lanzan sus bombas sobre Santa Rosa de Copán y Nueva Ocotepeque, para luego regresar a territorio salvadoreño.  Por que bombardean esos sitios es uno de los misterios más grandes de la guerra. Algunos historiadores especulan que los pilotos perdieron el rumbo hacia La Mesa, mientras que otros hablan de que había mal tiempo, lo que les impidió continuar. No obstante los reportes meteorológicos de la época dicen que el clima fue excelente durante todo el mes de Julio, al menos sobre las áreas de operaciones. Otros más dicen que los pilotos simplemente confundieron el blanco por errores de navegación y por el desconocimiento del terreno.

Mientras tanto, el resto de aviones civiles salvadoreños lograba atacar las posiciones que se les había designado, pudiendo regresar a su país sin mayores consecuencias.  Es de hacer notar que, salvo los Cavalier Mustang, todos los aviones salvadoreños regresarían a los aeródromos de dispersión en lugar de hacerlo a Ilopango.

Poco antes del anochecer el alto mando de la FAS se entera que uno de los Cavalier Mustang, específicamente el TF-51D FAS-400 piloteado por el Capitán Benjamín Trabanino Santos, se ha visto forzado a aterrizar en el aeropuerto internacional La Aurora, en la vecina Guatemala, a causa de una supuesta emergencia. No se sabe a ciencia cierta cuál era el blanco que el Capitán Trabanino debía atacar, pero de haber sido la ciudad de Nueva Ocotepeque, lo cual es improbable pues ningún Cavalier Mustang atacó ó fue visto en el sector ese día, no se puede explicar el motivo por el cual haya volado hasta la Ciudad de Guatemala, a casi 146 millas náuticas de distancia, para solventar la emergencia; máxime cuando le quedaba más cerca Ilopango, su base de operaciones. En todo caso, esto implicaba que el avión sería internado en Guatemala siguiendo los estatutos internacionales, y sería devuelto hasta el final de la guerra, dejando a la FAS con un avión y un piloto menos.

Cavalier Salvadoreño

Cavalier Mustang Salvadoreño “FAS-403″ preparándose para salir a una misión de combate. Crédito: Archie Baldocchi vía Dan Hagedorn.

Como era de esperarse, el ataque de la aviación salvadoreña tomó completamente por sorpresa a los hondureños. Salvo un reporte de avistamiento de dos Cavalier Mustang en dirección de Tegucigalpa, enviado tardíamente desde Marcala, la FAH no supo que los salvadoreños iniciaban los ataques, y no fue sino hasta que se escucharon las explosiones de las bombas soltadas por el C-47 FAS-104 sobre Toncontín, que se tomaron las primeras medidas de defensa. Esto se debió básicamente a que, a pesar de la situación imperante entre los dos países a finales de Junio y principios de Julio, el gobierno hondureño nunca consideró que El Salvador se le viniese encima y por lo mismo no se había ordenado un estado de alerta, que en la FAH significaba despegar en menos 5 minutos.

Adicionalmente, a pesar de que los F4U y T-28 hondureños tenían varios días de estar realizando patrullajes a lo largo de la frontera con El Salvador, para la tarde del 14 de Julio, los aviones ya estaban en tierra y el Comandante de la FAH, Coronel Enrique Soto Cano, había autorizado a los pilotos para que fueran a sus casas a cambiarse de ropa y ver a sus familias después de varios días de ausencia.

En todo caso, luego del bombardeo del C-47 salvadoreño a Toncontín, cuatro F4U hondureños despegaron en su búsqueda, pero la obscuridad les impidió ubicarlo. Durante el regreso a la base, uno de los F4U por poco y se sale de la pista luego de aterrizar, mientras que otro resulta con daños en su hélice debido a que toca tierra bruscamente. Es de hacer notar que el aeropuerto de Toncontín, en esa época, no tenía luces en la pista, por lo que las operaciones nocturnas no estaban autorizadas normalmente.

Más tarde, durante una inspección a la base y el aeropuerto de Toncontín, se determina que las bombas salvadoreñas habían errado el blanco por completo, cayendo algunas en una montaña despoblada al Sur del aeropuerto, otras más en las inmediaciones de la colonia San José, cerca de Comayagüela y las últimas en las cercanías de la colonia 15 de Septiembre. En resumen, no se reportaban daños materiales en el aeropuerto ni en la base de la FAH. Informes similares se reciben desde todas las áreas bombardeadas.

En todo caso, el masivo ataque salvadoreño había tenido más valor psicológico que táctico, ya que a pesar de su excelente planificación, se dejaron de lado los objetivos que cualquier otra arma aérea hubiera atacado, en éste caso en particular: la refinería de Puerto Cortés en la costa atlántica de Honduras y las instalaciones de almacenamiento de combustible de aviación en Toncontín, esto sin mencionar el 40% de los aviones de la FAH estacionados en La Mesa, San Pedro Sula.  Por increíble que parezca, las FAS había preferido atacar once poblaciones –entre ellas tres aldeas- sin ningún valor estratégico, donde produjo daños insignificantes los cuales, en el gran esquema de las cosas, eran totalmente irrelevantes. Así mismo, no se comprende por qué el ataque sobre Toncontín fue tan débil y tan mal ejecutado.

Por su parte, el ejército salvadoreño entró en acción luego del ataque sorpresivo de la FAS a Honduras, de manera que el primer Teatro de Operaciones en activarse fue el de Oriente –TOO- ubicado en la zona de El Amatillo, muy cerca del Golfo de Fonseca. La misión de las tropas que integraban el TOO era cruzar el río Goascorán y avanzar hasta tomar Nacaome, en el departamento hondureño de Choluteca. Para el efecto, los batallones IV, V y XI, apoyados por piezas de artillería iniciaron ataques a las posiciones del Agrupamiento Táctico Apolo 1 del Ejército de Honduras. Dicho agrupamiento estaba conformado por el Batallón de Infantería No. 11 y el Batallón No. 1 de Infantería, ambos distribuidos en las poblaciones de Amapala, San Lorenzo, Alianza, Goascorán, Aramecina y Caridad, con su centro de mando en Nacaome.

En contraste, las tropas salvadoreñas en los Teatros de Operaciones Norte y de Chalatenango –TON y TACH respectivamente- no atacaron ese día, pero si debieron movilizarse a sus ubicaciones asignadas previo a avanzar hacia sus objetivos en Honduras, que en éste caso eran Nueva Ocotepeque la cual debía ser tomada por las tropas del TON y los territorios al norte de Chalatenango, que debían ser ocupados por el TOCH. Involucrados en estas operaciones estaban los batallones de Infantería I, VIII y la denominada Fuerza Expedicionaria de la Guardia Nacional.

Para hacerles frente a estas tropas salvadoreñas, el alto mando hondureño ubicó el Batallón No. 10 de Infantería en Marcala, con sus unidades distribuidas en San Antonio del Norte, Mercedes de Oriente, San Sebastián Estancia y Sabanetas. Así mismo, otras columnas del ejército hondureño fueron desplegadas a la zona de Nueva Ocotepeque, en directa oposición a las tropas salvadoreñas que conformaban el TON.

En Tegucigalpa hubo de pasar algún tiempo para que el alto mando hondureño saliera de su estupor y organizara una retaliación luego del sorpresivo ataque aéreo lanzado por los salvadoreños. La autorización para atacar El Salvador vino finalmente del presidente López Arellano a eso de las 23:00 horas. Sin embargo al Coronel Enrique Soto Cano, comandante de la FAH, le había costado bastante trabajo convencer al presidente y al Estado Mayor sobre la necesidad de devolver el golpe, pero en el mismo corazón de El Salvador. Desde el punto de vista del Coronel Soto Cano, era de importancia capital realizar ataques contundentes contra bases de la FAS y destruir sus aviones en tierra, esto con el fin de obtener desde el inicio la superioridad aérea. Así mismo, consideraba que se debían atacar y destruir los depósitos de combustible salvadoreños y así limitar el accionar de su ejército.

Por increíble que parezca, el presidente López Arellano y su Estado Mayor, integrado en su totalidad por oficiales de infantería, creían que sólo se trataba de una simple incursión aérea y que por lo mismo no era merecedora de una respuesta militar hondureña. Consideraban que al realizar ataques contundentes sobre El Salvador, la FAH podía comprometer sus recursos, que en todo caso, debían ser usados exclusivamente para darles apoyo a las tropas en los distintos frentes. También el Ministro de Relaciones Exteriores de Honduras, señor Virgilio Carias, aconsejaba no realizar el ataque aéreo a El Salvador, sugiriendo en cambio que sólo se limitaran a repeler una posible invasión dentro de territorio hondureño, esto con el objetivo de solicitar por vía diplomática el cese de las hostilidades y buscar que la OEA declarara a El Salvador como el agresor.

Po si fuera poco, el mismo Coronel Soto Cano, en declaraciones hechas durante una entrevista que le realizaran en el Museo del Aire de Honduras hace algunos años, confesó que llegó al extremo de discutir -en voz alta- con el Presidente y los oficiales del Estado Mayor, sobre la necesidad de realizar los ataques estratégicos dentro de El Salvador para detener cualquier posible invasión.

La Respuesta Hondureña – 15 de Julio

En los primeros minutos del día 15, los mecánicos de la FAH iniciaron la instalación de rieles de carga en el piso al C-47 FAH-304. Poco después la sección de carga del avión recibía 18 bombas de 100 libras. Tal y como sus contrapartes salvadoreños lo habían hecho, el venerable transporte fue convertido en bombardero improvisado. El ansiado golpe que el Coronel Soto Cano quería darle a la Fuerza Aérea de El Salvador estaba materializándose. El presidente López Arellano había autorizado realizar solamente un ataque, el cual iba a ser ejecutado por el C-47, sin embargo el Coronel Soto Cano tenía en mente realizar tres, por lo que ordena que los pilotos de los F4U en Toncontín y en La Mesa que se preparen.

C-47 Hondureño

C-47 Hondureño “FAH-304″ fotografiado en la Zona del Canal de Panamá en 1967. Crédito: Dan Hagedorn

A eso de la 1:50, el FAH-304 finalmente despega de Toncontín y en medio de la obscuridad enfila hacia San Salvador. Sin embargo, pocos minutos después se ve forzado a regresar debido a fallas que le impiden continuar.  A su regreso, los rieles de carga le son removidos rápidamente y trasladados a otro C-47, en éste caso el FAH-306. Igual sucede con las 18 bombas, que una a una, son cargadas por los mecánicos en dicho avión. Cerca de las 3:30 el FAH-306 despega de Toncontín y mientras asciende hasta los 10 mil pies, pone proa hacia San Salvador.

El piloto del C-47 hondureño, Capitán Rodolfo Figueroa, debía confiar en sus cálculos de tiempo y distancia para llegar a su blanco. En aquellos dorados tiempos se carecía de lujos como el sistema de posicionamiento global –GPS- y obviamente los servicios de radioayuda salvadoreños no estaban funcionando por razones de seguridad, por lo que sí Figueroa cometía errores en la navegación, podía acabar en cualquier parte menos en donde pretendía.

Finalmente, al llegar sobre San Salvador, la tripulación se da cuenta de que la ciudad está a obscuras. Sin poder ubicar visualmente el aeropuerto de Ilopango, el cual era su objetivo, el piloto se confía en sus cálculos y al considerar que está sobre el blanco, ordena que las bombas sean lanzadas. En pocos minutos, las 18 bombas son lanzadas al vacío, a lo largo de varias pasadas sobre lo que suponían era Ilopango. A su regreso, Figueroa reporta que había escuchado las explosiones de las bombas poco antes de retirarse del área, sin embargo, posteriores reportes decían que ni una sola de las bombas había caído cerca de Ilopango, ni siquiera en sus inmediaciones. De hecho, esta incursión ha sido puesta en duda por historiadores salvadoreños, ya que esa noche no hubo reportes de bombas cayendo en ningún sitio cercano al aeropuerto o la ciudad. De allí que se especula que las bombas cayeron en el lago de Ilopango o en el mar, que al decir verdad, están un tanto retirados del aeropuerto.

A las 4:30 tres cazas F4U-5N y un F4U-4 de la FAH despegan de Toncontín y rápidamente se dirigen a El Salvador. Su misión es rematar Ilopango luego del bombardeo realizado supuestamente por el C-47 FAH-306 horas antes, y de paso, también atacar el puerto de Cutuco, en el departamento de La Unión. Los líderes de las escuadrillas son los Mayores Oscar Colíndres y Fernando Soto Henríquez.

Mientras los cazas hondureños volaban hacía su objetivo, un FG-1D y un Cavalier Mustang de la FAS despegan de Ilopango con la misión de atacar de nuevo Toncontín. Los adversarios estuvieron muy cerca de verse, pero el encuentro no sucedió. Han circulado versiones sobre que los pilotos salvadoreños ubicaron a los cazas hondureños mientras estos se dirigían a Ilopango, y que pidieron autorización para soltar sus bombas y lanzarse en su persecución. Sin embargo, posteriores investigaciones revelarían que en ningún momento los pilotos de ambas escuadrillas se tuvieron a la vista.

En todo caso, los cazas hondureños logran llegar a Ilopango en donde arrojan cuatro bombas, de las cuales una cae en la encrucijada de las pistas Norte-Sur y Este-Oeste abriendo un agujero en el pavimento, la otra cae a 500 metros de la terminal aérea sin que se produjera una explosión, la tercera lo hace entre dos hangares vacíos en donde destruye un camión cisterna y causa daños a dos motores Packard Merlin pertenecientes al DC-4M, y al área de oficinas del hangar adyacente al impacto. La cuarta bomba definitivamente yerra el blanco, pues nunca fue encontrada ni se sabe de su explosión, al menos dentro del aeropuerto de Ilopango.  Como era de esperarse, el ataque hondureño se realiza en medio de fuerte fuego antiaéreo, hasta el punto de que los pilotos se vieron en la necesidad de hacer las corridas de bombardeo a 9 mil pies, mucho más alto de lo requerido.

Depositos en llamas

Resultado del bombardeo hondureño al puerto de Acajutla, en Julio 15 de 1969. Crédito: Tomada del libro “En El Cielo Escribieron Historia”

En contraste, fuentes de inteligencia de los Estados Unidos (específicamente del Air Section de la USAF en El Salvador) reportaban daños a un C-47 y un Cavalier Mustang dentro de un hangar luego del ataque. Sin embargo, el historiador salvadoreño Marco Lavagnino nos dice: “El daño provocado a las Instalaciones de Ilopango no alcanzó ningún avión, todos los C-47 y todos los F-51 Mustang están bien documentados y no falta ninguno después de ese día sin que haya explicación.”

Lo que posiblemente podría explicar el confuso reporte de inteligencia norteamericano al respecto de éstos aviones dañados en Ilopango, es la presencia de los restos de un Cavalier Mustang que se había accidentado en Octubre de 1968, los cuales habían sido guardados en uno de los hangares con el fin de usarlos como fuente de repuestos para el resto de la flota.

Pero las confusiones sobre éste episodio no se detienen allí: Fuentes salvadoreñas aseguran que al menos dos Cavalier Mustang despegaron en medio del ataque e hicieron frente a los F4U hondureños, lo cual simplemente no pudo haber ocurrido, principalmente porque la mayoría de Cavalier Mustang estaban regresando de sus misiones sobre Honduras o bien habían sido dispersados a la pista ubicada en la isla Madresal.

Quizás la prueba más contundente de que aviones salvadoreños no despegaron durante el ataque a Ilopango es que minutos después, los F4U hondureños descendían sobre el puerto de Cutuco, atacándolo con sus cañones y cohetes, virtualmente sin oposición aérea alguna. Cabe decir que éste ataque produjo varios incendios en los depósitos de asfalto del mencionado puerto, provocando las espectaculares columnas de humo que tanto llamaron la atención a los medios que cubrían los hechos. Así mismo, resultaron con algunos daños las instalaciones para el almacenamiento temporal de combustible de los cuales, irónicamente, salían considerables cantidades para abastecer a Honduras.

Sin embargo, el abastecimiento de combustible para los aviones de la FAH y los vehículos del ejército hondureño no se vio comprometido durante la guerra, ya que se había optado por adquirirlo en Belice y Nicaragua, de donde era transportado por los aviones de SAHSA y TAN. Por aparte, poco antes del comienzo de la guerra, el gobierno de Honduras había retirado la totalidad de su cuota de combustible del puerto de Cutuco, usando para el efecto camiones cisterna. El presidente de El Salvador, General Fidel Sánchez Hernández, fue advertido por su Estado Mayor sobre este inusual acontecimiento, y se le pidió no autorizar el despacho del combustible. Sin embargo el presidente se negó a tomar la decisión ya que prácticamente eso equivalía a un acto de guerra y evidentemente aún no se iniciaban las hostilidades.

Mientras se efectuaba el ataque a Cutuco, cuatro F4U-4 hondureños que habían despegado del aeropuerto de La Mesa, iniciaban su propio ataque contra los depósitos de combustible en el puerto de Acajutla, sin encontrar oposición por parte de los salvadoreños, ya que las baterías antiaéreas, que habían sido emplazadas inicialmente en las colinas circundantes, estaban siendo cambiadas de ubicación siguiendo órdenes del Estado Mayor. El ataque al puerto les sorprendió en plena movilización.

Por su parte, los aviones hondureños, utilizando cohetes y ametralladoras, lograron incendiar algunos de los depósitos de gasolina y diesel los cuales también provocaron impresionantes columnas de humo. Milagrosamente, los depósitos de gas propano no fueron dañados durante el ataque, evitándose así una grave tragedia que hubiese tenido como resultado la destrucción total del puerto y las poblaciones aledañas. Sin embargo, de 180 mil barriles de diversos combustibles que en ese momento se almacenaban en las instalaciones, se perdió aproximadamente el 20%, ya que el resto se logró evacuar por el sistema de protección contra incendios con que contaba el puerto, luego se almacenaría en nuevos tanques y posteriormente se volvería a refinar.

Depositos en llamas

Columnas de humo elevándose del puerto salvadoreño de Cutuco después del bombardeo de Julio 15 de 1969. Crédito: Tomada del libro “En El Cielo Escribieron Historia”

El ataque a Acajutla tampoco representó un peligro para el abastecimiento de combustible de El Salvador. Si bien las reparaciones a la refinería y demás instalaciones tomarían más de un año, el gobierno salvadoreño optaría por modificar el método de abastecimiento, ya que los barcos empezaron a anclar directamente en el puerto y no cerca de las terminales marítimas como solía hacerse, permitiendo que los camiones cisternas cargaran directamente el combustible desde el barco. De hecho, los camiones cisterna, debidamente camuflados, incursionarían incluso dentro de territorio hondureño en la zona de El Amatillo, Teatro Operaciones Chalatenango y Ocotepeque, con el objetivo de abastecer a las fuerzas salvadoreñas operando en esos sectores.

Durante el regreso al aeropuerto de La Mesa, el F4U-4 FAH-617, piloteado por el capitán Walter López, empezó a perder combustible de forma alarmante. El silencio de radio se rompió cuando los pilotos de la escuadrilla debieron conferenciar sobre el problema. Durante la discusión se decide que López continúe volando y que trate de alcanzar su base antes de que se le termine el combustible. Sin embargo, el indicador del tanque en uso sigue su marcha inexorable hacia la posición de vacío, mientras que la visibilidad se reduce sobre el aeropuerto de La Mesa.

Poco después, el capitán López decide internarse en territorio guatemalteco. Es así que el FAH-617 realiza un aterrizaje de emergencia en la pista de la plantación de banano El Pilar, cercana al poblado de Morales en el Departamento de Izabal. Horas después, arriba a la finca un C-47 de la Fuerza Aérea Guatemalteca trayendo mecánicos y al capitán Leonel Solís, quien es el encargado de llevar el FAH-617 a la Ciudad de Guatemala, luego de que se le efectuaron las reparaciones pertinentes. El Capitán López también sería llevado a la capital guatemalteca, en donde permanecería –junto con su avión- hasta el final de la guerra.

Corsario Hondureño internado en Guatemala

El Vought F4U-4 FAH-617 (ex BuA 97059) mientras estaba internado en Guatemala. Este caza tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en una finca bananera de Izabal, en Guatemala, luego de quedarse sin combustible mientras trataba de regresar a San Pedro Sula después de haber participado en el bombardeo del puerto salvadoreño de Acajutla. Crédito: Archivo fotográfico de la Fuerza Aérea Guatemalteca

Existen versiones, principalmente de fuentes salvadoreñas, las cuales mencionan la presencia de un carguero de nacionalidad israelí anclado en Acajutla, el cual, al verse amenazado durante el ataque hondureño, comienza a hacer fuego con sus propias armas antiaéreas, provocándole daños al avión FAH-617. Sin embargo ninguno de los pilotos hondureños que participaron en la misión recuerda algo semejante.

A eso de las 6:00, el FG-1D y el Cavalier Mustang salvadoreños que habían partido de Ilopango, finalmente llegan a Toncontín. Volando extremadamente bajo, los dos aviones han logrado evadir a un T-28 artillado que sobrevuela Tegucigalpa, precisamente previniendo cualquier incursión. Al estar sobre su objetivo, El Cavalier Mustang, piloteado por el capitán Girón Cortéz deja caer dos bombas, de las cuales una estalla en un campo baldío adyacente a la pista y la otra en un camino pavimentado cercano. Por su parte, el FG-1D deja caer sus bombas muy cerca del portón que de la calle conduce a los hangares. Luego ambos aviones realizan pasadas de ametrallamiento contra la fachada de la Escuela Militar de Aviación, los hangares y la terminal aérea, pero sin causar mayores daños.

En medio del ataque, el T-28 FAH-212 que volaba sobre Tegucigalpa, piloteado por el subteniente Roberto Mendoza Garay, es alertado y rápidamente se dirige a Toncontín para tratar de darle caza a los aviones salvadoreños. Casi simultáneamente, un F4U-5N de la FAH, piloteado por el teniente coronel José Serra, que despegaba para ir a reemplazar al T-28, observa que el FG-1D pasa a su lado e inmediatamente maniobra para colocarse detrás de él. Sin embargo los cañones de su avión se traban y se ve forzado a retirarse. El piloto del Cavalier Mustang, volando a cierta distancia detrás del FG-1D, observa que el F4U-5N ha logrado despegar, por lo que rompe violentamente sobre la pista y escapa, poniendo proa hacia El Salvador. Segundos después, el FG-1D es alcanzado por los disparos del T-28 del subteniente Mendoza, provocando que éste también emprenda la huída, dejando una larga estela de humo.

T-28A Hondureño

T-28A hondureño, FAH-213 regresando a Toncontin, luego de un vuelo de patrulla en 1976. Crédito: Carlos Planas vía Dan Hagedorn

En Toncontín, todo el mundo cree que el FG-1D salvadoreño ha caído cerca de Comayagüela. Más tarde, un grupo de soldados es enviado en su búsqueda, pero se encuentran con algunos pobladores quienes afirman que, efectivamente, habían visto un avión chorreando humo mientras volaba bastante bajo, pero que después se había elevado en dirección Sudoeste. Poco después aquél FG-1D salvadoreño, piloteado por el capitán Reynaldo Cortéz, aterriza en Ilopango donde se le repara un cable cortado de la batería (que Había provocado un cortocircuito y la famosa estela de humo), reposta combustible y despega en corto tiempo con rumbo a su base de dispersión asignada.

Luego de los ataques estratégicos de la FAH sobre El Salvador, el presidente hondureño toma la decisión de prohibir al coronel Soto Cano y a sus pilotos que incursionen a territorio salvadoreño, para que así no comprometan el esfuerzo diplomático de declarar a El Salvador como agresor.

Por su parte, la infantería del ejército salvadoreño en el teatro oriental empieza a movilizarse hacia Honduras muy temprano en la mañana, atravesando el puente de El Amatillo hasta ubicarse frente a las pocas tropas hondureñas que conformaban la primera línea de contención. Como se ha mencionado anteriormente, las posiciones hondureñas había sido hostigadas con fuego de artillería durante el atardecer del día 14 y parte de la noche del día 15, pero con pobres resultados, siendo necesario movilizar al Escuadrón de Caballería Motorizada y las piezas de artillería hasta posiciones dentro de Honduras con el objetivo de martillar a las tropas hondureñas con más exactitud. De allí que los tanques y cañones salvadoreños debieron atravesar el puente de El Amatillo en una riesgosa maniobra que los puso momentáneamente en una situación bastante vulnerable y que no fue aprovechada por el Ejército de Honduras.

El alto mando salvadoreño esperaba la mayor resistencia por parte del Ejército de Honduras en el teatro oriental, ya que era la vía más directa para amenazar y comprometer Tegucigalpa en caso fuese necesario. Sin embargo, el avance salvadoreño empieza a concretarse sin mayor oposición, ni siquiera de la FAH, por lo que las tropas reciben órdenes de avanzar hasta tomar las poblaciones de Alianza, Goascorán, Aramecina, Caridad y Langue, con el objeto de establecer entre ellas una línea defensiva.

Cerca de las 8:00, finalmente la FAH toma cartas en el asunto, y tres F4U-5N parten de Toncontín hacia el sector de El Amatillo. Luego de la revisión reglamentaria de sus armas, se determina que a uno de los aviones no le funcionan los cañones, por lo que se le ordena regresar. Los otros dos F4U-5N continúan el vuelo hasta alcanzar el área de operaciones y, sin pérdida de tiempo, inician ataques sobre las posiciones salvadoreñas, utilizando fuego de cañones, cohetes y bombas de 100 libras. Sin embargo el efecto es poco menos que nulo, pues las tropas salvadoreñas siguen avanzando. De hecho, los aviones de la FAH tendrían trabajo para largo en dicha área pues se realizarían innumerables misiones de apoyo a tropas a lo largo de todo el día, principalmente en las márgenes del río Goascorán.

Mientras esto sucedía, dos C-47s de la FAS procedentes de Ilopango, bombardean las posiciones hondureñas ubicadas en las rutas de acceso a Nueva Ocotepeque y áreas aledañas con el fin de ablandar el camino para las fuerzas invasoras. Por su parte, las tropas salvadoreñas en los teatros Norte y de Chalatenango inician su avance hacia Honduras, con una columna saliendo de Citala por la franja Oeste del río Lempa hasta ubicarse en la cubierta del flanco izquierdo de la fuerza de ataque, luego el Primer Batallón se colocándose sobre la carretera que va a Nueva Ocotepeque y finalmente el Octavo Batallón cubriendo el flanco derecho. Una cuarta columna, la de la Guardia Nacional, incursiona más al Este saliendo de Las Pilas. Los combates más intensos en este frente ocurren en la quebrada de Ticante, donde las tropas salvadoreñas encuentran feroz resistencia por parte de los hondureños. Sin embargo, la diferencia en ese punto la hacen los obuses de 105mm del ejército salvadoreño, los cuales logran abrir espacios para el avance de las tropas hacia Nueva Ocotepeque, el poblado hondureño que era su objetivo principal. Durante las primeras horas de la mañana, se reportan las siguientes misiones de la FAS: un FG-1D ataca posiciones de infantería en Alianza, dos FG-1D atacan posiciones en Aramecina; por aparte, en la zona de Nueva Ocotepeque se reporta el ataque de un Cavalier Mustang a posiciones en El Platero.

Luego de que el avance en los dos frentes se concreta, y a pesar de que la invasión a Honduras no era considerada como una guerra de colonización, el alto mando del Ejército de El Salvador nombra a los Coroneles Ramón A. Navas y César A. Mendoza como Gobernadores Militares de Nueva Ocotepeque y Goascorán respectivamente. Esta sorpresiva acción dio pie a acusaciones contra el gobierno salvadoreño en relación a los verdaderos motivos para haber iniciado el conflicto, y de paso dándole validez a las hipótesis de que en realidad lo que se buscaba era la ocupación total de Honduras, aún a pesar de la falta de recursos para la realización de tan descabellada idea.

Igualmente, a las 8:00, cuatro F4U-4 de la FAH parten de La Mesa con la misión de ayudar a detener el avance salvadoreño hacia Nueva Ocotepeque. Los emplazamientos de artillería y nidos de ametralladora son atacados eficientemente, pero los aviones no logran detener el avance de las tropas salvadoreñas. Uno de los F4U, el FAH-615 piloteado por el coronel Marco Tulio Rivera, mientras sale de una pasada de ametrallamiento sobre posiciones enemigas ubicadas en las inmediaciones del poblado de Citala, avista a uno de los C-47 de la FAS (el FAS-101, piloteado por el mayor Sigfredo Velasco y capitán Adrián Panameño) el cual minutos antes habían bombardeado las posiciones hondureñas en el sector. Sin perder un segundo, Rivera decide atacarlo, logrando acertarle varios disparos en un motor y en el fuselaje. El C-47, sin embargo, logra escapar.

Corsario Hondureño FAH-614

EL FAH-614 (ex BuA 96995), un Vought F4U-4 de la Fuerza Aérea Hondureña, se muestra acá con un esquema de color que ha confundido a historiadores y modelistas. Sin embargo, el avión era azul, como sus hermanos, pero su pintura estaba bastante desgastada, haciéndolo parecer celeste. Este avión vio bastante acción como parte del Comando Norte en la Base de San Pedro Sula. Crédito: Colección de la Fuerza Aérea Hondureña vía Museo del Aire de Honduras

Más tarde se sabría que aquél avión a duras penas había logrado llegar a Ilopango en donde había realizado un aterrizaje forzoso, quedando fuera de servicio por el resto de la guerra. Por su parte, luego de poner en fuga al C-47, el Rivera ubica a un Cavalier Mustang que a toda velocidad, trata de internarse en territorio salvadoreño. El hondureño trata de seguirlo y logra dispararle algunas ráfagas antes de quedarse sin municiones, pero no logra acertarle. Poco después, Rivera regresa sin novedad a su base para repostar combustible y armamento.

Sobre éste incidente en particular se han vertido ríos de tinta, ya que el C-47 FAS-101 tenía asignado un Cavalier Mustang como escolta, sin embargo al momento del ataque del FAH-615, el Cavalier Mustang no estaba en el área. Fuentes salvadoreñas dicen que el avión abandonó momentáneamente al C-47 que escoltaba para ametrallar un convoy hondureño, lo cual fue aprovechado por el piloto del F4U para atacarlo. Fuentes hondureñas en contraste, no mencionan la presencia del avión escolta en las inmediaciones al momento del ataque, sino hasta después de efectuado el mismo y en franca actitud evasiva. Así mismo, en una entrevista efectuada por el historiador Marco Lavagnino a uno de los mecánicos que volaba en el FAS-101, de nombre Salvador Gómez Paz, éste le cuenta que “…Al C-47 lo escoltaba un Mustang que se retiró…

En todo caso, situaciones en las cuales los aviones escolta salvadoreños abandonan a sus escoltados mientras son atacados empezaron a darse con cierta frecuencia a partir de ese día, dando pie a las versiones de que algunos de los pilotos probablemente eran mercenarios que no gustaban de situaciones comprometidas, optando siempre por retirarse sin presentar combate.

Durante la tarde de aquél día, las fuerzas salvadoreñas lograron ocupar las poblaciones hondureñas de Valladolid, Guarita, Junigual y San Marcos Ocotepeque, conformando un cerco alrededor de Nueva Ocotepeque. Con este avance se abre un capítulo poco conocido de éste conflicto: El abastecimiento de las tropas salvadoreñas dentro de territorio hondureño por parte de los aviones de transporte de la FAS. La pista de San Marcos Ocotepeque fue rápidamente acondicionada para recibir a los C-47 salvadoreños, que pronto empezaron a llegar cargados de municiones, equipo y alimentos para las tropas que estaban sitiando Nueva Ocotepeque y las que avanzaban sobre el frente de Chalatenango. Sorprendentemente, ninguno de estos vuelos fue interceptado ni hostigado por aviones de la FAH.

En el transcurso del día, la comandancia de la FAH se da cuenta de que el número de aviones disponibles no será suficiente para mantener el apoyo a las tropas en los dos frentes y al mismo tiempo montar una red de vigilancia aérea que impida las incursiones de los aviones salvadoreños hasta las bases de Toncontín y La Mesa. Es por ello que se decide convocar a los pilotos civiles para conformar –con sus aviones- patrullas de vigilancia a lo largo y ancho de Honduras, pero principalmente en los alrededores de las dos bases aéreas. Por aparte, y previendo una inminente escasez de armamento, los mecánicos de la FAH empiezan a buscar soluciones para contrarrestarla. Es así como se inician las modificaciones de varios cientos de cohetes de práctica, reemplazándoles las cabezas inertes con granadas de demolición a las cuales se les había modificado la espoleta. También empiezan a buscarle solución a los problemas crónicos de los cañones de 20mm de los F4U-5N, los cuales dejaban de funcionar súbitamente, usualmente en el peor momento.

Por su parte, el alto mando de la FAS también empieza a enfrentar sus propias limitaciones. En primer lugar, los pilotos de los Cavalier Mustang se quejan de que los tanques instalados en la punta de las alas de sus aviones les restan bastante maniobrabilidad y rapidez, por lo que sugieren que sean removidos. Al final del día, y como medida temporal, se decide que los aviones vuelen con el combustible estrictamente requerido para completar las misiones de apoyo, tratando así de reducir el peso y aumentar la maniobrabilidad. Así mismo, se le solicita al señor Archie Baldocchi –civil que había sido nombrado asistente extraordinario del comandante de la FAS- que trate de buscarle solución al problema de los tanques de combustible y a la falta de radios y miras reflectivas en los aviones.

Como nota de interés el señor Baldocchi era propietario de un North American P-51D Mustang (Ex 44-73350), matrícula YS-210P, el cual había sido requisado por la FAS al momento de iniciarse la guerra. Dicho avión se convirtió en el FAS-402 (segundo uso de ese número de serie en un Mustang de la FAS) y para el día 15, éste famoso Mustang ya había volado varias misiones sobre los distintos teatros de operaciones.

North American P-51D YS-210P

Esta belleza, originalmente propiedad del señor Archie Baldocchi, fue “incautada” por el gobierno salvadoreño justo después del comienzo de las hostilidades, e incorporado a la Fuerza Aérea Salvadoreña con el serial FAS-402 (North American P-51D, ex 44-73350.) Crédito: Brian Baker vía Tulio Soto

Al terminar el día, el alto mando de la FAS había decidido lanzar al día siguiente una nueva misión estratégica en la cual se bombardearían -finalmente- Puerto Cortés, y las poblaciones de Golosón y La Presa en las orillas de Lago de Yojoa. Sin embargo, el destino se interpondría en el camino…

Paralización de la FAS – 16 de Julio

El día 16 por la mañana marcó la ocupación de Nueva Ocotepeque y de las colinas cercanas por parte de las fuerzas invasoras salvadoreñas, forzando a las tropas hondureñas a retirarse. Después de haber consolidado las posiciones en Nueva Ocotepeque y alrededores, el Primer Batallón del Ejército Salvadoreño continuó avanzando por la carretera hacia Santa Rosa de Copán, siendo cubierto en su flanco derecho por la columna de la Guardia Nacional. Esta última columna se había divido en dos, con un grupo de soldados avanzando hasta Llano Largo con la misión de cortar los refuerzos por carretera desde Santa Rosa de Copán, mientras que el resto se había quedado con el Primer Batallón. De nuevo los aviones de la FAH –que despegan de La Mesa- se hacen presentes y empiezan a hostigar a las tropas salvadoreñas, aunque sin mucho éxito. Por su parte, un C-47 y dos FG-1D de la FAS brindan apoyo cercano a las tropas en el área, golpeando algunas de las posiciones hondureñas en las colinas circundantes pero sin mayores resultados.

A la misma hora en Ilopango, dos Mustang, uno de ellos el FAS-402, se dirigen hacia el final de la pista. Su misión es bombardear las poblaciones hondureñas en la costa atlántica, en especial Puerto Cortés. Sin embargo a uno de los aviones le fallan los frenos y termina colisionando con el otro. Ambos tienen serios daños, por lo que la misión es suspendida.

De nuevo el fantasma de la escasez se hizo presente en la FAS, ya que en menos de tres días tenía cuatro aviones  fuera de servicio (un C-47, y tres Mustang). La pausa es aprovechada por el señor Baldocchi, quien con la ayuda de los mecánicos de la FAS, inicia la instalación de radiotransmisores en los Cavalier Mustang restantes (Estos radios, provenientes de los jeeps de la Guardia Nacional de Panamá, habían sido vendidos a elevados precios al gobierno salvadoreño), mientras que se hacían pruebas con miras reflectivas construidas en los talleres de la FAS. Así mismo se inicia la remoción de los tanques de combustible, al tiempo que se les instalan puntas fabricadas de fibra de vidrio a los extremos de las alas de los aviones.

Cavalier Mustang Salvadoreño en reparaciones

Cavalier Mustang Salvadoreño siendo reparado en el campo aéreo de Isla Madresal. Crédito: Dan Hagedorn

Ante el avance salvadoreño en el sector de Nueva Ocotepeque, y aprovechando la escasa cobertura aérea de la FAS, el alto mando hondureño decide realizar una operación altamente riesgosa pero que muestra el nivel de confianza y operatividad que había alcanzado en menos de tres días de conflicto: Trasladar –vía aérea- al Batallón Guardia de Honor desde Tegucigalpa hasta Santa Rosa de Copán, esto con el objetivo de reforzar y apoyar a las tropas asediadas en dicho sector. Para el efecto, cuatro C-47 de la FAH establecieron un puente aéreo durante el cual transportarían a más de mil soldados, mientras que los F4U y T-28 basados en La Mesa escoltan a todos y cada uno de esos vuelos.

Mientras las tropas del Batallón Guardia de Honor llegaban a Santa Rosa de Copán, cinco F4U-5N, dos AT-6C (en su primera salida de combate sobre el área de operaciones, piloteados por los tenientes Lázaro Urbina y Oscar Servellón), tres T-28A y el C-47 FAH-306 despegan de Toncontín y poco después atacan posiciones salvadoreñas en el frente de El Amatillo. En el transcurso del día, estos aviones completan trece salidas que serán determinantes para detener la ofensiva. Simultáneamente, las tropas hondureñas lanzan un fuerte contraataque contra las fuerzas invasoras en dicho sector, hasta lograr detener el avance luego de varias horas de cruentas batallas.

El contraataque hondureño, considerado como el de mayor intensidad de todo el conflicto, forzaría a las tropas salvadoreñas a consolidar sus posiciones en Alianza, Goascorán, Aramecina, Caridad y Langue, hasta el punto de que las operaciones ofensivas del ejército salvadoreño se ven reducidas a unas pocas y cautas salidas de exploración, abandonando por completo cualquier idea de seguir avanzando dentro de territorio Hondureño, enfocándose más bien en la defensa de sus posiciones. Con estas acciones, el alto mando hondureño intentaba solucionar la complicada situación de sus fuerzas en Nueva Ocotepeque, tratando de llamar la atención del Estado Mayor salvadoreño hacia el sector de El Amatillo, mientras se lograba reforzar a las tropas asediadas en el otro teatro de operaciones y detener el avance que claramente buscaba adentrarse hasta alcanzar la ciudad de Santa Rosa de Copán.

El motivo de la poca actividad ofensiva de la FAS en éste día sigue siendo poco menos que un misterio. Según historiadores hondureños, la pausa se debió a la falta de combustible de aviación provocado por los ataques a los puertos de Acajutla y Cutuco. Sin embargo, ya hemos visto que existen pruebas de que el gobierno salvadoreño se había reabastecido durante las dos semanas previas al inicio del conflicto, de tal manera que todas y cada una de las gasolineras del país, así como los depósitos de reservas de gasolina de aviación en Ilopango y en las pistas de dispersión se habían abastecido, y se mantenían abastecidas convenientemente. De esa forma se había logrado evitar cualquier escasez de combustible no sólo en la FAS y el ejército salvadoreño sino también para el uso público.

North American P-51D FAS-402

En algún momento, entre el 14 y el 16 de Julio, el FAS-402 (P-51D, ex 44-73350) fue pintado con este inusual patrón de camuflaje. Comparar esta foto con la otra más arriba, que muestra el mismo avión antes del comienzo del conflicto. Crédito: Archie Baldocchi vía Dan Hagedorn

Otra causa que se ha mencionado –y que quizás es la más probable- es la disminución de la moral de combate de los pilotos salvadoreños. Durante el conflicto la FAS era comandada por el Mayor Salvador Adalberto Henríquez, quien tenía contra si el grave problema de ser un oficial de grado inferior que el resto de oficiales del Estado Mayor salvadoreño, lo cual le dificultaba ser escuchado con respecto a sus requerimientos y necesidades. Por aparte, los oficiales del Estado Mayor tenían una mentalidad totalmente orientada al arma de infantería, lo cual les hacía menospreciar el aporte de la FAS en la guerra, reduciéndola a una mera herramienta de apoyo a las tropas (comentarios como “El Ejército Salvadoreño es autosuficiente” circulaban insistentemente entre los oficiales de infantería), sin que el Mayor Henríquez pudiera hacer algo al respecto. A esto se suma el hecho de que si bien la planificación de las operaciones estratégicas de la FAS los días 14, 15 y 16 fue excelente, su ejecución fue pésima o errática, ya que no se lograron los objetivos establecidos.  Sin duda alguna, el choque de los dos Mustangs en Ilopango se convirtió en la gota que derramó el vaso. El accidente, sumado a los malos resultados, habría puesto bajo duro escrutinio a la comandancia de la FAS, hasta el punto de negársele la autorización para efectuar misiones de carácter estratégico dentro de Honduras, limitando sus operaciones a vuelos de apoyo cercano a tropas en los distintos frentes. A lo anterior hay que agregar la sorpresiva falta de Cavalier Mustangs disponibles que, finalmente, había dejado la responsabilidad de hacerse cargo de las emergencias a la escuadrilla de FG-1D. Estos aviones, por su parte, lejos de estar en óptimas condiciones, sufrían de numerosas fallas que eran atendidas siempre que existía la posibilidad, de manera que los aviones nunca volaban con todos sus sistemas funcionando.

En el transcurso de éste día, o muy probablemente durante las últimas horas del día 15, llegaría a Ilopango el último Cavalier Mustang que participaría en la guerra, siendo éste el FAS-406 (Cavalier F-51 Mustang 750).  Obviamente, el avión no entraría en servicio inmediatamente pues había sido adquirido en configuración civil y había que instalarle ametralladoras, racks para lanzar bombas, etcétera, lo cual le tomaría por lo menos dos días a los mecánicos de la FAS.

Corsario Hondureño FAH-612

El Vought F4U-5N FAH-612 (ex BuA 97288) durante el vuelo “ferry” de regreso a los Estados Unidos en 1978. Los Corsarios hondureños nunca volaron con los tanques suplementarios instalados mientras estuvieron en servicio. Crédito: Vía Tulio Soto

Relacionado a los rumores y versiones no confirmadas de que durante la guerra la FAS operó más de 18 Mustangs, cabe hacer la aclaración de que esto simplemente no pudo haber ocurrido. La comandancia de la FAS había proyectado la adquisición de al menos 14 aviones de éste tipo poco antes de la guerra, pero al inicio de las hostilidades, ninguno había arribado al país.  Posteriormente, y luego de curiosísimas y complicadas maniobras para burlar a las autoridades norteamericanas, un grupo de pilotos extranjeros inició la entrega de al menos siete aviones al gobierno salvadoreño. Dichas entregas se iniciaron a partir del 19 de Junio, justo después de que se declarara el cese de hostilidades.

Fue en ese punto que los pilotos extranjeros –a medida que llegaban- eran contratados por la FAS en calidad de instructores. Sin embargo, esto no elimina la posibilidad de que durante el conflicto algunos de aquellos pilotos hayan sido contratados por la FAS específicamente para volar misiones de combate, ya que existen versiones –una de ellas vertida por el mismo señor Baldocchi-  al respecto de que al menos 5 pilotos foráneos fueron contratados poco después de iniciado el conflicto, estando entre ellos el legendario Jerry Delarm, el británico Red Gray y el no menos misterioso Bobby Coup.

De cualquier forma, los hechos del día 16 nos muestran que efectivamente, la actividad de la FAS había cesado de forma abrupta, sólo registrándose dos misiones de apoyo a tropas muy temprano en la mañana sobre el frente de El Amatillo, ejecutadas por un C-47 y dos FG-1D.

El Día más largo – 17 de Julio

Temprano en la mañana del día 17, fue el frente de Nueva Ocotepeque el que se reactivó primero, produciéndose fuertes combates a lo largo de la carretera que conduce de Nueva Ocotepeque a Santa Rosa de Copán. Cómo se recordará, la totalidad del batallón hondureño Guardia de Honor había sido transportado a éste frente con el objetivo de reforzar a las tropas que eran asediadas por los salvadoreños. Así mismo, ya hemos visto que una columna de la Guardia Nacional salvadoreña avanzaba sobre Llano Largo con el objetivo de cortar las líneas de abastecimiento a las tropas hondureñas que se retiraban desde Nueva Ocotepeque.

Durante el transcurso de la mañana, las tropas del Batallón Guardia de Honor iniciaron el despliegue a lo largo del área de operaciones,  mientras que los aviones de la FAH basados en La Mesa, realizaban vuelos de apoyo a las tropas, bombardeando y atacando posiciones salvadoreñas en las colinas en el sector entre Nueva Ocotepeque y Santa Rosa de Copán. Sin embargo los aviones de la FAH empezaron a tener problemas de comunicación con las tropas en tierra. Esta situación hace que la efectividad de los ataques se vea disminuida y la coordinación casi nula. De hecho, en los diarios de guerra salvadoreños se hace notorio que más que la aviación, fueron las tropas hondureñas las que presentaron los mayores retos en aquél sector. Por su parte, los F4U de Toncontín también se suman a las misiones de apoyo a tropas en éste frente. A media mañana, cuatro unidades descienden sobre el poblado de El Poy, donde atacan posiciones enemigas con cohetes y bombas, logrando detener su avance. Poco después se les ordena regresar ya que se les requiere en el otro frente con urgencia.

Finalmente, al filo del mediodía, un C-47 de la FAH aterriza en Santa Rosa de Copán cargado de periodistas que vienen a cubrir los incidentes de ese frente. Sin embargo, las acciones que determinarían el destino del conflicto acontecerían cientos de kilómetros al Este… En El Amatillo.

Tal y como anotáramos anteriormente, el feroz contraataque hondureño a las posiciones salvadoreñas en el frente de El Amatillo, había neutralizado cualquier avance hasta el poblado de Nacaome, el cual era el principal objetivo de los salvadoreños. Sin embargo aún se sostenían cruentas batallas en diversos puntos, que indudablemente requerían de apoyo aéreo por parte de ambos bandos. De esa forma,  cerca de las 12:00 PM, tres F4U-5N hondureños tripulados por los mayores Fernando Soto Henríquez (FAH-609), Edgardo Acosta y Francisco Zepeda (FAH-605) se aproximaron a El Amatillo con la misión de atacar a la artillería Salvadoreña.

Poco antes de iniciar el ataque, el líder de la escuadrilla ordena que revisen el funcionamiento de los cañones. Segundos después Zepeda informa que sus armas no disparan. Soto Henríquez le ordena que regrese a Toncontín, mientras que ellos proseguirán con la misión. Al mismo tiempo, dos Cavalier Mustang de la FAS, tripulados por los capitanes Douglas Varela y Leonel Lobo, que habían sido enviados en misión de apoyo a las tropas del Batallón XI de Infantería ubicadas al Sudoeste de El Amatillo, ven el avión de Zepeda que inicia su regreso a Toncontín. Sin perder tiempo, los dos Cavalier Mustangs se lanzan en persecución del F4U hondureño, el cual al verse comprometido, ejecuta violentas maniobras evasivas. El capitán Varela logra posicionarse varias veces detrás del F4U de Zepeda, pero no logra acertarle ningún disparo. El capitán Lobo por su parte, cubre a Varela intuyendo que el avión hondureño no debe estar sólo. En medio de la persecución, y mientras evitaba ser derribado, Zepeda da aviso a sus compañeros de que está siendo atacado por dos aviones enemigos. En ese momento Soto Henríquez y Acosta sueltan sus bombas para aligerarse y vuelven rápidamente en busca de Zepeda, a quien ubican en pocos minutos.

El mayor Soto Henríquez logra posicionarse detrás del avión de Varela, acertándole varios disparos en el fuselaje pero sin lograr dañarlo. Varela a su vez, inicia maniobras evasivas mientras es seguido, a menos de 800 pies, por el mayor Soto Henríquez. Segundos después, ambos aviones entran en un pronunciado viraje mientras descienden velozmente, pero Soto Henríquez no deja de hacer disparos que invariablemente impactan en el fuselaje y alas del avión de Varela. Mientras esto sucedía, el mayor Acosta inicia el ataque sobre el avión del capitán Lobo, pero éste logra evadirlo y escapa con rumbo al Golfo de Fonseca, volando a muy baja altura. Acosta decide no seguirlo y se queda a proteger a Soto Henríquez, quien en ese momento logra acertarle varios disparos al motor del avión salvadoreño, por lo que éste empieza a arder, dejando escapar una gruesa columna de humo. A partir de ese momento el avión de Varela, el Cavalier Mustang FAS-404, inicia una picada brutal hasta estrellarse en los bosques aledaños al puerto de San Lorenzo, en territorio hondureño.

Restos del FAS-404

Restos del FAS-404 (Cavalier F-51 Mustang II), derribado por el piloto hondureño Fernando Soto el 17 de Julio de 1969. Crédito: Amado Aguiluz

Como es usual en todo lo relacionado a éste conflicto, existen dos versiones de la muerte de éste excelente piloto salvadoreño, ya que en una se asegura que el capitán Varela logró saltar en paracaídas y que luego de caer fue capturado y asesinado por soldados hondureños. La otra versión, la del mayor Soto Henríquez, dice que Varela falleció en la cabina de su Cavalier Mustang, a causa de los disparos recibidos.

Luego de éste combate, los tres F4U hondureños regresan a Toncontín, en donde recargan combustible y armamento. Los cañones del avión de Zepeda son sometidos a una profunda inspección por parte de los mecánicos de la FAH, pero no encuentran el desperfecto. En El Salvador, la noticia del derribo del capitán Varela se esparce como pólvora entre los pilotos y mecánicos de la FAS y es recibida con sentimientos encontrados. Inevitablemente la moral de los aviadores salvadoreños empieza a desmoronarse, hasta el punto de que el comandante de la FAS se ve forzado a pedir voluntarios para las siguientes misiones.

Mientras esto ocurría, cerca de las 13:00, el C-47 FAH-306 de nuevo hace gala de sus dotes como bombardero improvisado y deja caer su carga explosiva sobre posiciones enemigas emplazadas en el cerro El Ujuste.  En total se lanzan 52 bombas que en algo ayudan a acallar el fuego salvadoreño. El C-47 es seguido por dos F4U que también atacan dichas posiciones incesantemente. Por su parte, los AT-6 y T-28 de la FAH realizan vuelos de patrulla y apoyo a tropas en ambos frentes. Igual sucede con las pequeñas Cessna 185, que extienden sus vuelos desde La Mesa hasta Santa Rosa de Copán, San Pedro Sula y Marcala.

Cerca de las 14:00, los capitanes Reynaldo Cortéz y Salvador Cezeña, despegan de Ilopango en sus FG-1D y se dirigen hacia El Amatillo con la misión de proteger el puente sobre el río Goascorán, pues se sospechaba que los hondureños iban a volarlo. Sin embargo, luego de varios minutos de sobrevolar el área, los pilotos salvadoreños deciden regresar a su base, seguros de que no se realizará el ataque a dicho puente. Casi al mismo tiempo, los mayores hondureños Soto Henríquez, Acosta y Zepeda regresaban al área de El Amatillo en sus F4U, ésta vez con la misión de neutralizar un cañón de 105mm salvadoreño que estaba causándole problemas a las tropas hondureñas en las inmediaciones de San José la Fuente, en el departamento de La Unión.

Poco antes de ingresar al área de operaciones, Zepeda, volando nuevamente el FAH-605, se da cuenta de que una vez más sus cañones no funcionan y debe regresar a Toncontín. De nueva cuenta Soto Henríquez y Acosta continúan la misión sin el tercer elemento de la escuadrilla. Minutos después, mientras volaban a 5,500 pies de altura, el mayor Soto Henríquez, en la cabina del FAH-609, observa en la distancia a los dos FG-1D de la FAS que se retiraban del área del puente Goascorán con rumbo a territorio salvadoreño. Sin romper el silencio de radio, Soto Henríquez hace señas a Acosta y ambos pilotos se lanzan en persecución de los FG-1D, tratando de darles alcance antes de que salgan de territorio hondureño. Sin embargo, los dos aviones logran alcanzar territorio salvadoreño en poco tiempo, sin darse cuenta de que eran perseguidos.

Restos FAS-404

Esta bomba de 250 libras es la prueba de que el Cap. Douglas Varela se enfrasco en combate con el myr. Fernando Soto sin haber soltado su armamento para aligerarse. El Mustang de Varela fue derribado en minutos y se estrelló cerca al puerto de San Lorenzo en Honduras, el 17 de Julio de 1969. La bomba fue encontrada entre los restos del avión. Crédito: Amado Aguiluz

En ese momento, el mayor Soto Henríquez decide violar las instrucciones recibidas, e incursiona en territorio salvadoreño, persiguiendo en rápido ascenso a los despreocupados pilotos durante diez minutos hasta alcanzar a colocarse en posición de tiro detrás del avión del capitán Cezeña (FAS-204), el cual recibe varias ráfagas y queda seriamente dañado, obligando al piloto a saltar en paracaídas. En ese momento Cortéz se da cuenta del ataque y maniobra para ponerse detrás de Soto Henríquez, acertándole varios disparos en el ala de su F4U. Soto Henríquez por su parte, confiando en que Acosta lo sigue y que se hará cargo del avión salvadoreño que lo persigue, inicia maniobras evasivas sin tratar de ponerse detrás. Sin embargo, luego de dos minutos, Soto Henríquez se da cuenta horrorizado de que Acosta no lo cubre, por lo que intenta dar la vuelta y poner en su mira al avión adversario. Segundos después, Soto Henríquez efectúa un rápido viraje cerrado aprovechando la potencia de su avión y se coloca en posición de tiro detrás de Cortéz, pero sin lograr centrarlo en su mira reflectiva.

Luego de algunos minutos de intensa persecución, Soto Henríquez finalmente logra fijar al avión adversario en su mira y le dispara varias ráfagas que hacen blanco en el fuselaje y cabina. Cortéz, quien ha sido herido por los disparos, intenta evadirse, pero cualquier acción que pudiera haber tomado en aquél momento es neutralizada por otra ráfaga de los cañones de Soto Henríquez, que ésta vez, hace blanco en el motor y el ala. De pronto los virajes del avión salvadoreño (FAS-203) se hacen más lentos y suaves, lo cual es aprovechado por Soto Henríquez para dar el golpe final. Poco después, el avión de Cortéz se desintegra en medio de una furiosa explosión, ya que al inicio del combate el piloto había olvidado despresurizar sus tanques de combustible, los cuales explotan al ser impactados por las balas de Soto Henríquez.

Capitán Reynaldo Cortéz

El Capitán Reynaldo Cortéz (al centro, entre los dos mecánicos) posando frente a uno de los FG-1D salvadoreños. El 17 de Julio de 1969, el avión de Cortéz fue derribado por el mayor Fernando Soto, durante una misión de patrulla en el sector de El Amatillo. Crédito: Museo de la Fuerza Aérea Salvadoreña

Luego de terminado el combate, Soto Henríquez localiza el paracaídas de Cezeña a 2000 pies de altura, el cual lentamente desciende a tierra. Poco después se retira a territorio hondureño, mientras busca a Acosta pero sin lograr ubicarlo. El mayor Acosta por su parte, ha sido testigo del violento combate que se había desarrollado más abajo, y del cual el mayor Soto Henríquez había salido victorioso. Sin embargo tiene sus propios problemas ya que su radio dejó de funcionar y para empeorar la situación, es seguido a cierta distancia por dos Cavalier Mustang de la FAS, cuyos pilotos parecen esperar el mejor momento para descender sobre él y atacarlo. Los minutos transcurren lentamente, y el tenso juego de observación se hace interminable. Por una parte Acosta esperando a ser atacado, y por la otra, los pilotos salvadoreños tratando de cerrar el cerco. Finalmente, y aprovechando lo que parece un descuido, Acosta inicia una pronunciada picada invertida y logra escapar del área, sin ser seguido por los aviones salvadoreños. Poco después enfila hacia Toncontín a donde arriba a salvo, minutos después de que lo hiciera el mayor Soto Henríquez.

Con aquellos tres derribos, la FAH lograba finalmente alcanzar la anhelada superioridad aérea, ya que los aviones de la FAS no volverían a aparecer sobre ninguno de los teatros de guerra. Y no era para menos, pues en su orden de batalla el componente ofensivo sólo listaba dos FG-1D y tres Cavalier Mustang activos. Esto, sumado a la baja moral, a la muerte de dos excelentes pilotos y el fuerte escrutinio del Estado Mayor debido a los fracasos operativos de los días anteriores, dio como resultado una parálisis psicológica y operativa en la FAS. Pero la mala racha no se detendría allí. Poco después del derribo de Cortéz y Cezeña, un FG-1D, el FAS-219 piloteado por el capitán Mario Echeverría, era derribado por baterías antiaéreas salvadoreñas emplazadas en las costas del Golfo de Fonseca en un típico caso de fuego amistoso.

En Tegucigalpa, el coronel Soto Cano trata de convencer al presidente López y a los oficiales del Estado Mayor sobre la necesidad de atacar blancos estratégicos dentro de El Salvador nuevamente, en especial las bases de la aviación salvadoreña. Sin embargo, el presidente y los oficiales insisten en que los recursos de la FAH se deben utilizar en vuelos de ataque y apoyo a tropas en los frentes de combate.

De esa cuenta, cerca de las 17:00, los F4U-4 FAH-612 y FAH-614 despegan de La Mesa con rumbo al área de Nueva Ocotepeque. Casi simultáneamente, las tropas hondureñas ubican a la columna de la Guardia Nacional que avanzaba sobre la carretera a Llano largo y logran emboscarla en las inmediaciones de la finca San Rafael de Matarás, atacándola con fuego de ametralladoras, morteros y fusilería. Los dos aviones de la FAH son requeridos para que apoyen en la emboscada, y poco después, los pilotos hondureños se lanzan al ataque. En la primera pasada, los F4U dejan caer cuatro bombas de 100 libras, logrando detener el convoy mientras que los soldados salvadoreños abandonan los vehículos en busca de refugio en los costados de la carretera. Minutos después, durante la segunda pasada sobre el convoy, los aviones hondureños disparan sus cohetes, provocando más daños. Seguidamente empiezan a ametrallar a los soldados salvadoreños que tratan de escapar, pero son cercados por las tropas hondureñas. Al final del combate se han producido más de 30 bajas salvadoreñas.

La Mesa, San Pedro Sula

Vista aérea de la base del Comando Norte de la Fuerza Aérea Hondureña, establecido en el aeropuerto de San Pedro Sula (Conocido como “La Mesa”) Crédito: Colección de la Fuerza Aérea Hondureña vía Museo del Aire de Honduras

Esta emboscada, denominada La Batalla de San Rafael de Matarás es considerada como la mayor victoria en la historia del Ejército de Honduras, aunque fue opacada cuando las tropas hondureñas se vieron forzadas a detener la persecución de la columna salvadoreña que se retiraba a Nueva Ocotepeque, por falta de municiones.

Después de que el mando del Primer Batallón de Infantería salvadoreño –que avanzaban sobre la carretera que conduce a Santa Rosa de Copán- se entera de la emboscada a la primera columna de la Guardia Nacional, decide retirarse a Nueva Ocotepeque y tomar posiciones defensivas mientras que le ordena a la segunda columna, que también avanzaba hacia Santa Rosa de Copán junto con el Primer Batallón, que cambie de rumbo y avance hasta Llano Largo para cumplir con la misión que se le había encomendado a la primera columna. En ese momento, la segunda columna inicia el avance por el lado derecho de la carretera, y aprovechando el crepúsculo, logra capturar Llano largo y establecer el bloqueo a Santa Rosa de Copán. La FAH concentra entonces sus ataques sobre éstas tropas salvadoreñas, pero no logra disolverlas. Poco después las misiones son suspendidas por que la obscuridad dificulta los ataques de los aviones hondureños.

Mientras tanto, en Tegucigalpa, los mecánicos de la FAH lograban determinar cuál era la raíz de los problemas en los cañones de 20mm instalados en algunos de los F4U-5N. Sucedía que los proyectiles de fabricación británica, adquiridos poco antes de la guerra, eran un milímetro más gruesos que los de fabricación norteamericana. En las armas nuevas, los cuales no tenían desgastada el ánima del cañón, los proyectiles británicos quedaban atascados en su interior luego del disparo. Y como era de esperarse, los mecánicos de la FAH no perdieron el tiempo y echaron mano de tornos para reducirles el molesto milímetro a todos los proyectiles Ingleses.

Otra muestra del ingenio de los mecánicos hondureños pudo verse el transcurso de éste día: En los depósitos de armamento de la FAH se habían encontrado varios cientos de antiquísimas bombas de 30 libras, las cuales, por su tamaño, no podían ser sujetadas en los porta-bombas de ningunos de los aviones. Sin embargo, habían determinado que su carga explosiva aún estaba en buenas condiciones.

Poco después, un grupo de mecánicos da con la idea de colocar aquellas bombas en una barra de acero, acomodando tres bombas en triangulo, seguidas por otras tres, todas sujetadas por cinchos de aluminio. A la mencionada barra le son adaptados ganchos los cuales permiten sujetarla de los porta-bombas de los F4U. De esa forma nacían las Piñas, que al soltarse del avión esparcían seis bombas sobre el terreno –al igual que una bomba de racimo actual- causando múltiples explosiones. Este tipo de armamento tendría su bautizo de fuego en el frente de El Amatillo, específicamente sobre posiciones salvadoreñas emplazadas en el cerro El Ujuste.

Finalmente, en San Salvador, el mayor Henríquez –comandante de la FAS- trataba desesperadamente de agilizar la llegada de los F-51 adicionales que se habían adquirido poco antes de la guerra. Sin embargo, los pilotos encargados de entregarlos estaban teniendo problemas para evadir a las autoridades norteamericanas. En cierto momento, y por los siguientes dos días, habría varios Mustang tratando de llegar a El Salvador desesperadamente, haciendo escalas técnicas en lugares tan inverosímiles como República Dominicana y Haití. Sin embargo, con la entrega de los aviones no terminarían los problemas para la FAS ya que se habían comprado a civiles en los Estados Unidos, por lo que no tenían armas instaladas y el proceso de militarización llevaría tiempo. En todo caso, y para cualquier propósito, la FAS como arma aérea seguía paralizada.

Cese al Fuego – 18 de Julio

En la mañana del 18, la FAH continuó con los ataques aéreos en los teatros en apoyo del ejército hondureño, especialmente contra la Guardia Nacional Salvadoreña en Llano Largo, Nueva Ocotepeque y contra el Tercer Batallón en El Amatillo.  Así mismo, el coronel Soto Cano seguía insistiendo en la necesidad de efectuar una nueva acción ofensiva sobre territorio salvadoreño aprovechando la recién lograda superioridad aérea. Sin embargo, el presidente López y el Estado Mayor se negaban una y otra vez a autorizar la misión.

Corsario Hondureño

El Vought F4U-5N FAH-605 (ex BuA 122184) viéndose bastante desgastado, fotografiado mientras realizaba el vuelo “ferry” de regreso a los Estados Unidos en 1978. Crédito: Vía Tulio R. Soto

También desde muy temprano, los representantes de la Organización de Estados Americanos –OEA- habían iniciado una ronda de negociaciones con los gobiernos de Honduras y El Salvador con el objetivo de alcanzar un cese al fuego y el retiro de las tropas salvadoreñas del territorio hondureño. Desde el 16 de Julio estos representantes habían visitado los dos países, pero sin lograr acuerdo alguno ya que el gobierno salvadoreño insistía en que el gobierno de Honduras debía pagarle por la destrucción de las propiedades de los salvadoreños radicados en ese país y que debía garantizar la seguridad de sus ciudadanos que aún permanecían en Honduras. Obviamente estas exigencias eran rechazadas por el gobierno hondureño, mientras que la OEA amenazaba con sanciones económicas a El Salvador si no cumplía con el cese al fuego y el retiro de sus tropas.

Como mencionáramos anteriormente, la FAH continuó con los ataques en ambos frentes. De esa forma, los F4U de Toncontín –llevando bombas de Napalm- atacaron posiciones Salvadoreñas en San Marcos Ocotepeque y Llano Largo. Por su parte los F4U de La Mesa concentraron sus ataques en el sector de Guarita y Cololaca, departamento de Lempira, en donde tropas salvadoreñas con base en Chalatenango habían logrado cruzar la frontera y avanzar algunos kilómetros dentro de Honduras.

Horas después los F4U de Toncontín volaban hacia el frente de El Amatillo, en donde atacaron de nuevo las posiciones salvadoreñas en el cerro El Ujuste. Durante ésta misión, los F4U logran detener un convoy de blindados y camiones salvadoreños mientras cruzaban un puente cercano al área de operaciones. Poco después, las bombas de Napalm vuelven a hacer blanco sobre una columna salvadoreña que se desplazaba en las inmediaciones de El Amatillo.

En el frente de Nueva Ocotepeque, los F4U de La Mesa también hicieron de las suyas, especialmente sobre una columna de vehículos salvadoreños que se movilizaba sobre la carretera hacia La Labor. De nuevo fueron utilizadas bombas de Napalm de 750 libras, logrando detener aquél avance. Poco después, tropas hondureñas posicionadas cerca de Llano Largo ubicaron una larga columna de buses y camiones salvadoreños que transportaban soldados. Sin embargo los pilotos de los F4U hondureños, con problemas para comunicarse con las tropas en tierra, no logran confirmar la identidad de los vehículos y se abstienen de atacarlos. Simultáneamente, el líder de la escuadrilla recibe instrucciones por radio para atacar una colina –que claramente estaba bajo control hondureño- pero la ignora. Después se descubriría que radio operadores salvadoreños que habían tratado de confundir a los aviadores hondureños, dirigiéndolos contra blancos propios.

Al final de la tarde, el Estado Mayor Hondureño ordenaba al Segundo Batallón de Infantería que se movilizara y capturara el eje Arambala – Perquin, justo al Noroeste de El Amatillo, y claramente en territorio Salvadoreño. De esa cuenta el Segundo Batallón logra llegar hasta las inmediaciones de Arambala sin enfrentar mucha resistencia por parte de las tropas salvadoreñas, sin embargo a las 21:30 reciben la orden de regresar a Honduras nuevamente, ya que la OEA había logrado un acuerdo de cese al fuego para las 22:00. Dicho acuerdo mandaba que las tropas de ambos países regresaran a las posiciones que ocupaban antes del inicio de la guerra.

Epílogo

En la mañana del 19 de Julio, los siete Mustang que el gobierno de El Salvador había adquirido comienzan a llegar a Ilopango y se inicia la ardua tarea de militarizarlos. En los frentes de batalla, y pese al cese al fuego, se siguen registrando combates de regular intensidad. Sería hasta el día 20 que el cese al fuego se concretaría, cuando las reservas de armamento y municiones de ambos países habían llegado a su punto crítico.

Corsario FAH-609

El Vought F4U-5N FAH-609 (ex BuA124715) en toda su gloria. Nótese que los “kill marks” ya han sido agregados bajo la cabina. La imagen fue tomada a principios de los años 70. Crédito: Carlos Planas vía Dan Hagedorn

Con la llegada de aquellos aviones, la FAS empieza una lenta reactivación y durante el día, se observan varios vuelos de sus C-47 en misiones de abastecimiento a las tropas, utilizando para el efecto la pista de San marcos de Ocotepeque. Estas misiones, que eran una clara violación a la resolución de la OEA, contrastaban con la total inactividad de la FAH, que mantenía sus aviones en tierra siguiendo las disposiciones del cese al fuego.

En el frente político, El Salvador finalmente fue declarado país agresor por la OEA, sin embargo, el gobierno se resistía a toda presión ejercida por esa institución internacional tendiente a producir un retiro de sus tropas de Honduras. Días después, y luego de persuasivas maniobras que incluían la amenaza de imponer fuertes sanciones económicas, el gobierno salvadoreño ofrecía retirar sus tropas a principios de Agosto, a cambio de que se enviaran observadores internacionales a verificar la situación de los salvadoreños que aún vivían en las áreas fronterizas de Honduras, lo cual es aceptado por la OEA. Sin embargo, el 24 de Julio, de nuevo los C-47, escoltados por varios Mustang de los recién adquiridos, son vistos sobrevolando las cercanías de la población hondureña de Sumpul, en el teatro de operaciones de Nueva Ocotepeque. Poco después, en los primeros días de Agosto, se produce el primer retiro masivo de tropas salvadoreñas de territorio hondureño, tal y como se había ofrecido.

Con relación a la FAS, su rápida paralización en medio de la guerra obligaría a los oficiales del Estado Mayor y a su propia comandancia a replantearse sus métodos y fines, lo cual contribuiría en gran medida para que emergiera poco después convertida en un arma aérea bastante profesional y mucho mejor equipada. Prueba de ello es el brillante desempeño que tendría durante la guerra civil que se desataría a principios de los años 80.

En Honduras, la guerra produjo un efecto sin precedentes, ya que el nacionalismo se hizo presente y se fortalecieron los lazos de unión entre la sociedad. El hecho de que miles de civiles se acercaran voluntariamente a prestar sus servicios por la defensa del país, muchas veces armados únicamente de palos y machetes, provocaría que las autoridades se preocuparan un poco más por el desarrollo y bienestar económico de la población en claro agradecimiento a esos gestos. También la FAH saldría beneficiada del conflicto, pues su prestigio y profesionalismo serían ampliamente reconocidos, tanto en Honduras como en el resto de la región. Así mismo, el desempeño de la FAH confirmaba lo acertado de confiar la defensa nacional a la aviación militar, lo que dio paso a un impresionante reequipamiento de la FAH, durante el cual se convertiría en la fuerza aérea más importante y poderosa de la región Centroamericana.

Con relación a las bajas, se contabilizaron más de 2000, la mayoría civiles de ambos países, que habían muerto durante las operaciones militares o a causa de los excesos de los soldados de ambos países. Sin embargo el número exacto quizás no se sepa nunca.

La guerra –como tal- había durado cuatro días. Sin embargo tomaría más de dos décadas para que ambos países llegaran a un acuerdo pacífico que los beneficiara a ambos y les permitiera iniciar relaciones bilaterales constructivas. Quizás quien mejor resume los resultados militares de la guerra en general es el historiador norteamericano Dan Hagedorn, quien en su libro Central American and Caribbean Air Forces escribe: “De hecho, hay mucha evidencia que sugiere que la FAH estableció casi completo control aéreo en su propio territorio durante este breve y poco glorioso conflicto, tras la sorpresa inicial de los ataques salvadoreños. Este fue quizás el único punto brillante en lo que fue, por otro lado, considerada una derrota humillante para las fuerzas armadas hondureñas como un todo.

En 1997, casi treinta años después de finalizado el conflicto, el coronel Fernando Soto Henríquez –as de la aviación hondureña- asistió a una reunión de directores de Aeronáutica Civil de Centroamérica celebrada en Guatemala. Cuando ésta termina, Soto Henríquez regresa a Honduras en un avión de la aerolínea TACA, acompañado por su contraparte salvadoreño, el mayor José Corleto Andrade. El avión haría escala en el nuevo aeropuerto internacional de Comalapa, ubicado en las afueras de la ciudad de San Salvador, en donde Soto Henríquez debía abordar otro avión que lo llevaría de regreso a Tegucigalpa.

Reunión de veteranos

Una reunión de pilotos de combate. Posando frente al famoso FAH-609, de izquierda a derecha: gral. (R) Mario Chinchilla, Tte. Cnel. (R) Fernando Soto, Cnel. (R) Oscar Colíndres, Cnel. (R) Francisco Zepeda y Cap. (R) Martín Quan. La foto fue tomada en Noviembre de 2002 en el Museo del Aire de Honduras. Crédito: Museo del Aire de Honduras

Luego de despegar del aeropuerto La Aurora, en Guatemala, el mayor Corleto Andrade se levanta de su asiento y se dirige a la cabina del avión. Poco después llama al coronel Soto Henríquez para que se le una. “¿Conoce usted a nuestro capitán?” le pregunta Corleto a Soto Henríquez una vez que éste ha entrado a la cabina. “No, aún no he tenido el gusto” replica. “Entonces, le presento al capitán Salvador Cezeña, el hombre que saltó en paracaídas luego de que usted derribara su avión.

Soto Henríquez cuenta que a partir de ese momento él y Cezeña entablaron conversación como si fueran viejos amigos, hablando sobre las características del avión, los nuevos instrumentos de vuelo y las ventajas que éstos representaban. Poco después, y previo al aterrizaje, Soto Henríquez regresó a su asiento.

Cuando los pasajeros empezaron a abandonar el avión, luego de aterrizar en Comalapa, Soto Henríquez observa que el capitán Cezeña esta despidiéndolos en la puerta del avión. Soto Henríquez se le acerca y ambos hombres se estrechan la mano sonriendo cordialmente. Poco antes de bajar, el coronel Soto Henríquez vuelve la vista hacia la cabina de pasajeros, y advierte que el mayor Corleto los observa, haciendo esfuerzos por no reírse.

Finalmente, ya no había tensión en el aire…

(An English version of this article can be found here.)

Mario Overall
Aviación de a pie

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5 pensamientos en “La Guerra de las 100 Horas

  1. brian fishpaugh dice:

    Awesome, I remember reading this in 2005

  2. Carlos Overall Sr. dice:

    De gran contenido historico y de un sentido bastante
    imparcial, y no la guerra de propaganda de los medios, de esa epoca, que tergiversaron en gran medida las acciones que se llevaron a cabo en ese momento, durante el transcurso de la citada guerrita que dejo a los dos paises exhaustos en su economia y desarrollo. Muy buen articulo historico, felicitaciones!!

  3. Marta García dice:

    Excelente artículo, sin duda una gran labor de investigación! TA!

  4. Freddy viera dice:

    Felicitación por excelente trabajo histórico yo recuerdo pasar la guerra del cenepa en mi país…

  5. JAIME GAMBOA dice:

    EXCELETE REPORTAJE MUY IMPARCIAL

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